martes 9 de febrero de 2010


Emergencia en seguridad II
Fuerza de intervención de las cárceles. Control territorial con operativos conjuntos PNC-ejército. Acuartelamiento de policías. Uso pleno de todo el recurso operativo y logístico del ejército en asuntos de seguridad pública. Armamento pesado. Registro casa a casa. Bloqueo de señal de celulares desde los penales. Reforma del sistema de emergencia 911. Carnetización de menores de edad. Control de paradas de buses. Control del tránsito terrestre. Control de fronteras y puntos ciegos. Compra de tecnología. Reorientación de la ayuda internacional. Choque frontal contra el crimen.

domingo 7 de febrero de 2010

¿Corrupción de menores?


*María Elena Walsh*

Vivimos consumiendo preceptos y productos sin cuestionarlos, por temor a la
indiscreción de las respuestas y porque es más seguro acatar rutinas que
incurrir en singularidades. Un ejercicio de esclarecimiento podría empezar
con estas discretísimas preguntas:

¿Educamos a nuestras niñas para que en el día de mañana (si lo hay) sean
ociosas princesas del jet-set? ¿Las educamos para Heidis de almibarados
bosques? ¿Las educamos para futuras cortesanas? ¿Las educamos para enanas
mentales y superfluas "señoras gordas"?

Así parece, por lo menos en buena parte de la bendita clase media argentina,
dada la aberrante insistencia con que se estimula el narcisismo y la
coquetería de nuestras niñas y se les escamotea su participación en la
realidad.

La nena suele gozar de una envidiable amnesia para repetir la tabla del
cuatro junto con una no menos envidiable memoria para detallar el último
capítulo del idilio de tal vedette con tal campeón o el menor frunce del
penúltimo modelo de Carolina de Mónaco cuando salió a cazar mariposas en
Taormina con su digno esposo.

Consentimos y aprobamos que sea maniática consumidora de chafalonía,
vestimenta, basura impresa y todo lo que, en fin, represente moda y no
verdad. Consentimos que acuda al espejito más neuróticamente que la
madrastra de Blancanieves, que sea experta en cosmética, teleteatros y
publicidad, que exija chatarra importada o que calce imposibles zuecos para
denuedo de traumatólogos.

Formamos una personalidad melindrosa cortando de raíz —porque todo empieza
desde el nacimiento— la sensibilidad o el interés que podría sentir por la
variada riqueza del universo.

—Es el instinto femenino —dicen algunos psicólogos de calesita. Eso me
recuerda una anécdota. El director de una compañía grabadora estaba un día
ocupado en comprobar cuántas veces se pasaba determinado disco por la radio.

—¡Qué bien, qué éxito, cómo gusta, cómo lo difunden a cada rato! —aplaudió
entusiasmado. Y después agregó —: Claro que hay que ver la cantidad de plata
que invertimos en la difusión radial de este tema...

Nosotros también programamos a nuestras niñas como a ese eterno infante que
es el público. Les insuflamos manías e intereses adultos, les subvencionamos
la trivialidad y luego atribuimos el resultado a su constitución biológica.

Las jugueterías, en vidrieras separadas, ofrecen distintos juguetes para
niñas y para varones. En Estados Unidos, no hace muchos años los lugares
públicos estaban igualmente divididos "para gente de color" y "para
blancos". ¡Dividir para reinar!

A las nenas sólo se les ofrece —o se les impone— juguetería doméstica:
ajuares, lavarropas, cocinas, aspiradoras, accesorios de belleza o
peluquería.

Si con esto se trata de reforzar las inclinaciones domésticas que trae desde
la cuna, ¿por qué no orientarla también hacia la carpintería o la plomería?
¿Acaso no son actividades hogareñas indispensables? Sí, lo son, pero
remuneradas. He aquí una respuesta indiscreta.

Los juguetes para varones sortean la monotonía y ofrecen toda la gama de
posibilidades humanas y extraterrestres: granjas, tren eléctrico, robots,
microscopio, telescopio, equipos de química y electrónica, autos, juegos de
ingenio y todo lo que, en fin, estimula las facultades mentales.

¿A la nena no le gustan los animales de granja ni los trenes? ¿No sueña con
manejar un coche? ¿No siente curiosidad por el microcosmos o el espacio?
¡Cómo la va a sentir si es cosa de la otra vidriera, la de Gran Jefe Toro
Sentado Blanco!

¿Es que el ejercicio de la razón y la imaginación pueden llevarla a la larga
a desistir de ser una criatura dependiente y limitada, mano de obra gratuita
y personaje ornamental? La respuesta es sumamente indiscreta.

En la casa y la escuela destinamos a la nena a reiterar las más obvias y
desabridas manualidades, a remedar las tareas maternas... y a practicar la
maledicencia a propósito de indumentaria vecinal.

La nena vive rodeada de dudosos arquetipos y la forzamos a emularlos,
comprándole la diadema de la Mujer Maravilla o el manto de cualquier otra
maravilla femenil. No falta tío que ponga en sus manos un ejemplar de "Cómo
ser bella y coqueta", otro espejito más o la centésima muñeca.

Salvo raras excepciones como Reportajes Supersónicos de Syria Poletti, cuya
heroína es una pequeña periodista, el papel impreso que suele frecuentar la
nena —incluido el libro de lectura— le muestra a mujeres que, en la más alta
cima del intelecto, son maestras. Las demás, aparte de consabidas hadas y
brujas, son siempre domadas princesas o abotargadas amas de casas.

La nena sabe, por las revistas que devora como una leona, que en este mundo
no hay mujeres dedicadas a las más diversas tareas, por necesidad o por
ganas. Lo que es más grave y contradictorio, le enseñan a soslayar el hecho
de que su propia madre trabaja afuera o estudia, como si éste no fuera
modelo apropiado dada su excentricidad. Jamás vio —y si lo vio mojó el dedo
y pasó la página— que hay mujeres obreras, pilotos, juezas o estadistas. Es
tan avaro el espacio que los medios les dedican, ocupados como están en la
promoción de Miss Tal o la siempre recordable Cristina Onassis.

Educar para el ocio, la servidumbre y la trivialidad, ¿no significa
corromper la sagrada potencia del ser humano?

Por suerte, esta criatura vestida de rosa (no faltará quien diga,
confundiendo otra vez causas con efectos, que las nenas nacen de rosa y los
varones de celeste, cuando este negocio de los colores distintivos fue
invento de una partera italiana, allá por 1919), esta criatura, digo, es
fuerte y rebelde, dotada de una capacidad de supervivencia extraordinaria.
La nena, en muchos casos, renegará de la manipulación y decidirá ser una
persona. Pero ¿quién puede medir la dificultad de la contramarcha y la
energía desperdiciada en librarse de tanta tilinguería adulta?

Mientras modelan a la pequeña odalisca remilgada, el tiempo pasa y llega la
hora de la pubertad. Entonces los adultos se alarman porque la nena asusta
con precoces aspavientos sexuales y emprende calamitosamente los estudios
secundarios. Terminó los primarios como pudo, entre espejitos, telenovelas,
chismografía y exhibicionismo fomentados y aprobados, pero al trasponer la
pubertad se le reprocha todo esto y empieza a hacerse acreedora al desprecio
que la banalidad inspira a quienes mejor la imponen y más caro la venden.

Los mayores ponen el grito en el cielo porque la nena no da señales de ir a
transformarse en una Alfonsina Storni. Ahí empieza a tallar el prestigio de
la cultura —desmesurado porque se trata de otra forma del culto al exitismo
individual— y florece una tardía sospecha de que la nena no fue educada
razonablemente. Cuando las papas queman, esos pobres padres de clase media
argentina comprenden por fin que no son Grace y Rainiero y que la tierra que
pisan no es Disneylandia.

En ese preciso momento aparece también el espantajo de la TV, esa culpable
de todo. ¿Y quién delegó en ella las tareas de institutriz? La mediocridad
de la TV no hace sino colaborar en la fabricación en serie de ciudadanas
despistadas.

No se trata de reavivar severidades conventuales ni se trata de desvalorizar
el trabajo doméstico ni inquietudes que, mejor orientadas, podrían ser
simplemente estéticas. No se trata tampoco de mudarse de vidriera para
suponer, por ejemplo, que el automovilismo es más meritorio que el arte
culinario, o la cursilería más despreciable que el matonismo.

Toda criatura humana debe aprender a bastarse y cooperar en el trabajo
hogareño y a cuidar, si quiere, su apariencia. Lo grave consiste en
convencer a la criatura femenina de que el mundo termina allí.

Se trata de comprender que la niña no tiene opción, que es inducida
compulsivamente a la frivolidad y la dependencia, que por tradición se le
practica un lavado de cerebro que le impide elegir otra conducta y alimentar
otros intereses.

La frivolidad no es un defecto truculento que merezca anatemas al estilo
cuáquero o musulmán. Lo truculento consiste en hacerle creer a alguien que
ése es su único destino, incompatible con el uso de la inteligencia. Lo
grave consiste en confundir un espontáneo juego imitativo de la madre con
una fatalidad excluyente de otras funciones.

A la nena no se le permite formar su personalidad libremente: se la dan toda
hecha, y aprendices de jíbaros le reducen el cerebro para luego convencerla
de que nació reducida. La instigan a practicar un desenfrenado culto a las
apariencias y a desdeñar su propia y diversa riqueza humana. La recortan y
pegan para luego culparla porque es una figurita. La educan, en fin, para
pequeña cortesana de un mundo en liquidación.

¿No es eso corrupción de menores?

Clarín, jueves 5 de abril de 1979.

Seamos respetuosos con la AGE, la PNC sus autoridades y nuestros compañeros

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